2007/08/01

LAS BODAS DE PLATA Y LA MEMORIA FOTOGRÁFICA

Hoy hace veinticinco años que te casaste.

Intentas hacer memoria de aquel día. Tratas de reconstruir imágenes en movimiento, pero recuerdas solo unas pocas. Te habría servido de buena ayuda para redactar estos recuerdos que hubieras pasado a formato digital las grabaciones de la boda en VHS. Tenías la esperanza de que un buen día el viejo vídeo amaneciera reparado. Confías todavía en que, antes de que acabe en la basura, te pueda servir para transmitir la señal al nuevo DVD, antes de subcontratar el servicio como último recurso. En definitiva que la vieja grabación no te puede servir para refrescar ideas.

Tampoco para esta ocasión te funciona la memoria fotográfica. Para memoria fotográfica la que estaban obligados a tener las generaciones anteriores al cloruro de plata. Lo que quieres decir es que de aquellos acontecimientos que presenciaste o viviste, si dispones de alguna fotografía, te resultará difícil conservar otra imagen distinta de la impresa en aquel papel mate o brillante de aquellos tiempos en que las fotos se imprimían.

Ante esta carencia de recursos no tienes más remedio que repasar el álbum de fotos de aquel día. El fotógrafo casualmente es Naredo, de Pola de Siero, amigos de tu mujer él y su familia.

Y empiezan las coincidencias. Como Naredo firma una ilustre bloguera asturiana. Naredo es el río que tenías más próximo a tu casa cuando saliste aquella mañana, de Pola de Lena, para casarte en Lugo de Llanera. Y recuperas para este momento una alusión al río Naredo que encuentras en la extraordinaria página web de Julio Concepción, http://www.xuliocs.com/ con el que, nueva casualidad, ayer estuviste charlando un buen rato en La Pola, de Lena en este caso, mientras hacías tiempo para que tu madre hiciera unas gestiones bancarias de poca monta.

“De modo que en principio, los pobladores de estos altos en La Cobertoria y L'Aramo, no sólo bajaron a la otra Cobertoria de La Vega'l Rey, sino también a los rellanos más abiertos del río Lena en su confluencia con el río Naredo , por cierto también voz ya indoeuropea, * nar -, con el sentido de 'agua'; lo mismo que Aramo (bifurcación, encrucijada, culto al dios de los caminos). De las cumbres del Aramo, los primitivos pobladores fueron bajando por la cuenca del río Naredo a los rellanos de La Caleya.”

Quedamos que no tienes más remedio que repasar el álbum. Empieza con una foto vuestra delante de Santa María del Naranco. Escogisteis como fondo la ramirense Santa María y la plaza de la Catedral, con coches todavía, y negra, de antes de la limpieza. Por qué escogisteis el monumento prerrománico no lo sabes, quizá por dar un toque cultural al evento. La plaza de la Catedral sí significaba algo. Te diste el capricho de leer, no ese día, claro, algún capítulo de La Regenta justamente sentado en la fuente de la plaza. De hecho, todavía hoy entras de vez en cuando a dar un vuelta a la girola. Allí tuviste la oportunidad de oír hace unos años otra boda extraordinariamente cantada y tocada por unos amigos tuyos. La plaza de la catedral, por cierto, es la imagen que tienes de fondo de pantalla en tu teléfono móvil.

Te fijas en tu traje azul. No querías ir de azul. Bastante tenías con el uniforme ferroviario, de ese color precisamente, pero como eres poco amigo de pruebas, en la primera boutique a la que fuiste resultó que te dijeron que te lo pusieras, solo para comprobar la talla, y ya te quedaste con él. No te valieron las quejas de que te daba calor, que te picaban las piernas. Te dijeron que los trajes de novio eran así y, como era tu primera boda, te resignaste.

De Pola bajaste en el coche de Félix, que, de tus amigos, era el que tenía el vehículo más grande, sucesor de su famosa bicicleta, la volaora.

Por los charcos ves que llovía o acababa de llover, aunque no tienes ningún recuerdo ni del clima ni de la sensación térmica.

Empiezas a ver muertos, tu padre por ejemplo. Ves una foto lejana de tu suegra, tan parecida en esa foto de entonces a tu mujer en la actualidad. La foto de las lecturas, la del amor, de la epístola de San Pablo, por supuesto, esa de que el amor no pasa nunca, pronunciada “el amor….no pasa nunca”. Las lágrimas de tu madre, la seriedad de tu padre. El cura que os casó, al que clasificaste hace años como cura gerente. Las firmas, con un Bic de color naranja ¿no habría a mano otro para la ocasión? Los padrinos, nuestros respectivos hermanos; más de padres y suegros; tu gesto de apretar la boca, con el que ya apareces en fotos de seis o siete años; el arroz; la tarta; la mesa presidencial; el torpe baile (por tu parte), la familia de tu padre y la de tu madre, con tantos muertos…

Y el álbum termina ahí.

Sigues haciendo memoria. Allí estuvieron tus amigos de León cantando la misa con sus guitarras, con estilo y alegría.

Y otros muchos amigos que fuiste haciendo en diversas etapas de tu vida: el Seminario, La Pola, La Renfe. Recuerdas con tristeza que con el paso de los años muchos dejaron de serlo, simplemente porque no hay tiempo para todo.

Quedan fuera de las fotos y de la memoria fotográfica la elección de la fecha, del restaurante, del menú, de los invitados, con irrecuperables pecados de omisión.

También quedan fuera de la memoria, porque los tienes en casa, los regalos: la figura de la Paloma, otra de Daniel Gutiérrez, la cerámica de La Cartuja, de la que faltan varias piezas; vajillas, cristalería…

Veinticinco años.

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