2014/10/03

RELATO DE UN NÁUFRAGO, de García Márquez. Con dos paréntesis.

(Paréntesis inicial: mientras te afeitas pones siempre la tele como ruido de fondo y oyes la última desgracia de una patera. Caes en la cuenta de que en los días que te duró la lectura del Relato de un náufrago nunca te imaginaste un náufrago negro).

***

Dormía en una estantería el sueño de los justos un tomo de la Narrativa Completa de García Márquez. Allí estaba el Relato de un náufrago, al que nunca habías prestado atención, por contraposición al resto de obras u obritas que forman la familia: La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora o Cien años de Soledad.

Quizá no se lo hubieras prestado nunca si no fuera por la importancia que le da el propio García Márquez, según recalca en el libro de memorias leído en el verano. En ese su relato biográfico-novelesco va detallando sus hitos, siempre logrados por los pelos: una investigación a punto de abandonar, una edición a punto de cerrar, un hombre a punto de morir.

Relato de un náufrago describe la peripecia de un marino de guerra (Luis Alejandro Velasco, del que no tienes constancia de que provenga de Parana) que cae con su barco a pique y es el único que se salva después de penar unos cuantos días en una balsa a merced del mar, del sol y de los tiburones. Los militares recibieron los correspondientes honores, aunque más tarde se supo (García Márquez se muestra orgulloso de la investigación) que uno de los motivos del naufragio fue el exceso de enseres y la pésima estiba de prohibidas mercancías que llevaban de regreso para sus hogares: frigoríficos, lavadoras y otras fruslerías.

En el Relato de un náufrago no se intuyen esos adjetivos precisos y sorprendentes que tan único hicieron al premio Nobel, pero la historia te atrapa. Sabías por su libro que el relato iba a terminar bien, pero estabas intrigado por el cómo. Con el protagonista vas viviendo sus mismos sensaciones que tan pronto están por dejarse morir de una vez como por aferrarse a un rayo de esperanza simplemente por el revoloteo de una gaviota.

“Lo que hizo más larga mi primera noche en el mar fue que en ella no ocurrió absolutamente nada. Es imposible describir una noche en una balsa cuando nada sucede y se tiene terror a los animales, y se tiene un reloj fosforescente que es imposible dejar de mirar un solo minuto”.

“Miré al lado de la balsa donde anotaba los días y conté ocho rayas. Pero recordé que no había anotado la de aquel día. La marqué con las llaves, convencido de que sería la última, y sentía desesperación y rabia ante la certidumbre de que me resultaba más difícil morir que seguir viviendo. Esa mañana había decidido entre la vida y la muerte. Había escogido la muerte, y sin embargo seguía vivo, con el pedazo de remo en la mano, dispuesto a seguir luchando por la vida. A seguir luchando por lo único que ya no me importaba nada”.

“Me sentía mal porque no había podido morir. Estaba sin fuerzas, pero completamente vivo”.

“Me extendí, moribundo, sobre la tierra dura y tibia, y estuve allí sin pensar en nada, sin dar gracias a nadie, sin alegrarme siquiera de haber alcanzado a fuerza de voluntad, de esperanza y de implacable deseo de vivir, un pedazo de playa silenciosa y desconocida”.

***

Moraleja colateral y paréntesis final: cuando el náufrago llegó a esa tierra dura y tibia, firme pero desconocida, creyó que todos se abalanzarían sobre él para que contara los detalles de su aventura, pero en aquel rincón del mundo no tenían referencia de naufragio alguno.

“Nadie tenía noticias del accidente. Traté de explicarles, de echarles el cuento completo para que supieran cómo me había salvado. Yo tenía entendido que a cualquier lugar del mundo a donde llegara se tendrían noticias de la catástrofe”.

Cuando llegaste a trabajar a la estación de Tudela Veguín, hace tantos años, pasabas algún minuto apoyado sobre la puerta en esos instantes próximos a la llegada del tren para pitar en cuanto hubieran subido y bajado los viajeros. Más de una vez estuviste tentado de emular al jefe de estación que te precedió y del que un vecino de Santa Eulalia de Manzaneda te contó una simpática anécdota.

El hombre estaba obsesionado por unos vagones que tenía ya preparados y el Puesto de Mando no le acababa de mandar una máquina. Apoyado como estaba en la pared, con el banderín rojo bajo el sobaco, quizá esperando también para pitar un tren, al primer viajero que pasó por delante le clavó los dedos índice y corazón en la solapa:

-         ¡Los jotas!

El pasmado viajero preguntaría, se supone:

-         ¿Qué me dice usted?
-         ¡Los jotas! ¡los cerrados, que no me mandan máquina para esos cerrados que ve ahí! (J es la serie de vagones cerrados).


Muchas veces te acuerdas de esa anécdota, en especial cuando llegas a trabajar, y en la caminata hasta la estación viniste dando vueltas a una idea y lo primero que se te ocurre, sin siquiera tomar asiento, es dirigirte a quien crees tú que tiene que conocer o resolver eso que tanto te inquieta. Entonces, te dices: detente, Pulgar, disimula tu preocupación, ya tendrás ocasión a lo largo del día.

No hay comentarios: