Uno es un incondicional de Javier Marías, en realidad el autor nacional preferido. Abordó estos días veraniegos su obra “Negra espalda del tiempo”, posiblemente la obra menos aconsejable de las leídas hasta ahora, al haber visto en ella, sobre todo, un ajuste de cuentas y oportunidad de desagravios personales, por ejemplo, con uno de sus primeros editores, así el editor de una de sus novelas anteriores “Todas las almas”, asunto al que vuelve una y otra vez en esta obra que ahora se comenta.
En ese sentido se aprovecha de la técnica de difuminar las
fronteras entre ficción y realidad, con un tránsito continuo entre uno y otra. De
hecho, esta es una de las últimas frases de la obra: “…me acuerdo de lo que
dije hace mucho, al hablar del narrador y el autor, que tienen aquí el mismo
nombre: ya no sé si somos uno o si somos dos, al menos mientras escribo. Ahora
sé que de esos dos posibles tendría uno que ser ficticio”.
Marías sigue fiel a la técnica de titular novelas: siempre una
frase de una obra de Shakespeare, no en vano ejerció durante muchos años el
oficio de traductor de obras inglesas. “…y a veces pienso que tal vez por eso
transito a menudo por lo que en varios libros he llamado ‘el revés del tiempo, su
negra espalda’, tomando de Shakespeare la misteriosa expresión y por dar algún
nombre al tiempo que no ha existido, al menos aguarda ya también al que no nos
espera y no acontece, por tanto, o solo en una esfera que no es temporal
propiamente…”.
Marías recuerda en varias ocasiones a su hermano
Julianín, muerto a los tres años y medio, y divaga sobre la vida que pudo haber
llegado y no llevó, sobre el tiempo que no fue, elevando la triste anécdota a categoría.
El juego con el tiempo es una oportunidad más de pasar de la
realidad a la ficción: “Por ese revés del tiempo acaso transito todo, lo que
está en el conocido tiempo y lo que no conoce ni es por eso registrado ni
tomado en cuenta. Por esa negra espalda pueden también desfilar los hechos
cuyos relato y memoria acaban por convertir en ficticios, tal ver por allí ya
divaga la travesía marítima de mi abuela Lola hace un siglo…”

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