Un amigo me pasa un texto para que lo lea.
Emocionante. Lo cuelgo con su permiso.
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INSTITUTO
CERVANTES.
Caja de Las
Letras.
C/ Alcalá,
49. 28014 (Madrid)
Ante el LXXXI
aniversario de la muerte de Antonio Machado y con motivo de la convocatoria de
esa institución invitando a remitir cartas por tal motivo, envío esta
aportación basada en mi experiencia personal.
Hace 81
años, un 22 de febrero de 1939, en una humilde pensión del pueblo costero
francés de Colliure, fallecía Antonio Machado Ruiz. Allí había llegado enfermo,
pobre, cansado y perseguido por el ejército sublevado contra el Gobierno
legítimo de España. Le acompañaba su madre, Ana, aún más enferma, pobre y
cansada; su hermano José y la esposa de éste, Matea, así como un pequeño grupo
de exiliados.
Gracias a la
solidaridad de una mujer francesa simpatizante de la causa republicana, fueron
alojados en su pensión, donde Antonio Machado fallecería aquel 22 de febrero,
poco más de un mes después de haber llegado. En la misma habitación, separados
por un biombo, se encontraban el cadáver de Machado y, al lado, permanecía
enferma y casi falleciendo su propia madre, que sucumbiría tres días después.
La historia es de sobra conocida.
Colliure, el
viaje de mi vida, el destino deseado. Para cumplir tal propósito, lo hice con
mi hija y una sobrinita en 2013. Luego volví, ya solo, en junio de 2017. En mi
primera visita me había prometido volver con mi bicicleta y mis alforjas,
ligero de equipaje, como me gusta vivir, siguiendo su ejemplo.
Continuando
el itinerario que relata Ian Gibson en su obra biográfica sobre el poeta
“Ligero de equipaje”, salí de Torre Castañer, en las proximidades de la plaza de la Bonanova de Barcelona, para revivir el viaje de Antonio
Machado, parte de su familia y aquel grupo de personas a las que el Gobierno
republicano intentaba salvar del avance del ejército franquista. Fui siguiendo
de la manera más fiel su itinerario por los mismos pueblos y localidades,
muchas veces discurriendo por lugares apartados por los que pretendían escapar
de sus perseguidores. Recuerdo con especial emotividad la visita al cementerio
de Portbou y el monumento levantado en honor de Walter Benjamin, el filósofo alemán
de origen judío que escapaba también de otra persecución, en este caso del
ejército nazi. Y el paso fronterizo de esa misma localidad, donde la comitiva
de Antonio Machado compartió penalidades con miles y miles de futuros expatriados
españoles que aun vivían condiciones peores que las del grupo del poeta. La
mayor parte de estos refugiados acabaron en los campos que el gobierno francés
fue levantando en diversos pueblos costeros allende la frontera. De las
condiciones de vida de los refugiados españoles mejor no hablar, pero tampoco
olvidar.
La llegada
al cementerio de Colliure quedó regrabada en mi retina para siempre, porque la
entrada en el primer viaje con mi hija, Olaya, y mi sobrina, Carla, ya lo
estaba. No quise acercarme a la tumba al cruzar la verja porque experimenté una
vivencia que resultó para mí inolvidable: un grupo de niñas y niños de un
colegio catalán, de entre 10 a
12 años calculo, recitaban poemas de y para Antonio Machado. Los leían en
castellano y luego, con un ritualismo casi místico, depositaban sus papeles
escritos sobre la sepultura del poeta y de su madre, Ana Ruiz. Sus maestras y
maestros los arropaban con respeto y solemnidad dando un realce a aquel acto
que me impresionaba; yo me sobrecogía de emoción y no podía menos de contemplar
en silencio y un poco separado todo aquello que para mí fue un privilegio
presenciar. Evocaba aquel fragmento de “Recuerdo infantil”:
“Con
timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.
Y todo un coro infantil
va cantando la lección:
«mil veces ciento, cien mil;
mil veces mil, un millón».
Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de la lluvia en los cristales”

Luego
que ellos finalizaron su homenaje, yo me acerqué a la sepultura, siempre cubierta
de flores y una bandera republicana. Acerqué también mi bicicleta con sus
alforjas y de ellas saqué un ejemplar de “Ligero de equipaje” que me había
acompañado durante todo el viaje; coloqué mi casco protector y el libro sobre
la tumba, y guardé silencio. Poco, unos minutos. El cementerio en aquel momento
estaba vacío. Antonio Machado, el poeta, el hombre de principios, comprometido
con la República, el filósofo, el humanista…Recordé a mi padre y a mi madre; a
mi hija y a la mujer que amé siempre, igual que el poeta a Leonor Izquierdo y a
Pilar de Valderrama, y unas lágrimas cayeron por mis mejillas.
Gracias,
Antonio, gracias… Por tu talla como literato y poeta, por tu categoría humana,
por tu ejemplo imborrable, por tu trayectoria inmaculada y tu idealismo en los
tiempos tan difíciles que te tocaron vivir. Orgullo de compatriota.
Con todo
aquel torbellino de vivencias en mi alma, guardé de nuevo el libro en las
alforjas y salí caminando lentamente del cementerio de Colliure, paseando entre
las calles estrechas de esa parte de la villa. Instintivamente subí a mi
bicicleta, mi compañera de viaje, y puse rumbo a España, mi casa. Mi hija Olaya
y Tito me esperaban.
“Esos días azules y ese sol de la
infancia”
3 de marzo de 2020. Masimín Pazos Fernándiz. Mieres
(Asturies)