Saramago está entre los autores preferidos de uno. No le decepcionó ninguna de sus obras desde que lo conoció a través de “Ensayo sobre la ceguera”. Esta que ahora se comenta, leída estos días, es la obra más ideologizada o militante de todas las leídas hasta el momento. Una buena obra, pero, por el motivo indicado, ‘no apta para todos los públicos’. No es de las que uno recomendaría para iniciarse en el Nobel portugués. Saramago fue un miembro confeso del Partido Comunista e hizo gala de ello recordando siempre sus orígenes humildísimos cuidando cerdos en su Alentejo natal.
Esta obra es precisamente un homenaje a aquellas gentes que viven en lo que Saramago llama ‘el latifundio’, que son todos los latifundios de Portugal y del mundo, en los que los colonos no tienen prácticamente más tarea que la de trabajar, no ocho horas, sino de sol a sol. Unos latifundistas que tienen distintos nombres, pero simbólicamente todos son Alberto, Adalberto, Rigoberto y nombres por el estilo, todos de la misma camada.
La novela reseña las vicisitudes de unas vidas a veces
ignominiosas, como aquella en la que el autor refleja cómo unos guardias
obligaron a un padre y a un hijo a pegarse para no ser denunciados por prácticas
subversivas, que no eran otra cosa que luchar por unos derechos más que
elementales.
En este párrafo encontró uno la justificación del título: “…luchar
así dos hombres u no contra otro, padre e hijo, y aunque no lo fueran, para
diversión de la guardia, no les basta tener las armas y nosotros no, no somos
hombres si esta vez no nos levantamos del suelo, y si no es por mí, sea por mi
padre que está muerto y no volverá para tener otra vida, pobre viejo, y
recordar que yo le pegué…”

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