Chaves es un juez con cierta presencia mediática, autor de numerosas publicaciones, con un blog jurídico atractivo y también entretenidos textos extrajurídicos.
Es este un libro voluminoso (más de seiscientas páginas) e interesante
que, no obstante, va perdiendo fuelle según avanzan las páginas porque, pese a
que el índice y los capítulos están muy estructurados, se acaban repitiendo las
ideas: la dificultad de juzgar, los muchos factores que el juez tiene que
considerar antes de dictar sentencia, por ejemplo y en primer lugar la ley,
pero también la jurisprudencia (no siempre sagrada porque a veces hay que
desviarse de ella), las circunstancias concretas del caso, la aplicación de la
equidad, tener en cuenta los principios constitucionales, la repercusión del
caso, etc.
El libro abusa de las citas de autores, a veces largos
párrafos de juristas o escritores que no siempre vienen a cuento y ralentizan la
lectura. De hecho, uno saltó buena parte de ellos.
A la hora de hablar de los posibles errores judiciales, una
frase ingeniosa de un veterano magistrado: “la diferencia entre un médico y un
juez estriba en que si aquel se equivoca hay un entierro, pero si se equivoca
éste, crea jurisprudencia” o el que define el Tribunal de Casación como aquel
que corrige los errores de los tribunales inferiores y perpetúa los propios.
Uno de los capítulos más sugestivos es el dedicado a
analizar los errores del que llama juicio más importante de la historia, el que
juzgó y condenó a la cruz a Jesús, analizado con arreglo a los principios
actuales, claro.
Hace unos años Chaves y David Ordóñez, otro juez en absoluto
mediático, compitieron por una plaza en el Tribunal Superior de Justicia de
Asturias. El Consejo General del Poder Judicial se decantó por Ordóñez, lo que
desató públicas protestas de Chaves. Así y todo, tiene la elegancia de citar
alguna aportación doctrinal de David Ordóñez.
¿Qué opina del jurado? Responde con este latiguillo que
circula entre los letrados: “si tu cliente es inocente, procura que le juzgue
un juez; y, si es culpable, encomiéndate a un jurado”.
Sobre el control extrajudicial, esta frase, en opinión de
uno desacertada: “Insisto vivamente en que este control de la labor
jurisdiccional ha de moverse en los aledaños del núcleo de la decisión
jurisdiccional, pues para revisarla están los recursos jurisdiccionales y no
deben jamás los controles administrativos ni políticos poner sus SUCIAS manos
sobre las sentencias, que están para ser cumplidas y no para ser ignoradas o
burladas”. La mayúscula es de uno.
Al final dedica algún capítulo a la inteligencia artificial
y a la llamada Jurimetría aplicada a las resoluciones judiciales, incluido el innovador
sistema de robótica judicial iniciado en Estonia para demandas de un importe
máximo de siete mil euros. Todo se andará.
Casi en las líneas finales da respuesta al título del libro.
“Será imposible saber cómo discurrió el pensamiento del juez, pero siempre se
conocerá y se podrá discutir el razonamiento que ha exteriorizado en la
sentencia y, entonces, verificar si ha seguido un sendero lógico y razonable, y
ajustado a derecho. De ahí la importancia crucial de la motivación (de las
sentencias)”.

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