Al poco de salir de casa, de camino hacia la pista finlandesa, se encuentra uno con una exposición al aire libre titulada “Vidas desplazadas: derechos en suspenso”, de la que se informa en la sección de agenda de la prensa local. Reúne imágenes de distintos fotoperiodistas, centradas en los desplazamientos forzosos y en la vulneración de los derechos humanos, en muchos casos en países llamados del tercer mundo. Ahí se exponen fotos de niños palestinos comiendo malamente en algo parecido a una palangana en un campo de refugiados; o niños saharauis (hijos de las nubes, por su obsesión con las nubes salvíficas) mirando desde un alto las polvorientas jaimas en las que (mal)viven; o regiones indonesias devastadas por un tsunami; o mujeres afganas totalmente tapadas que perdieron unos derechos que habían recuperado durante un corto período de tiempo; o una única superviviente rescatada de una patera hundida; o familias que se marchan de destruidas ciudades sirias con lo puesto y con lo que le cabe en unas bolsas; o venezolanos escapando del hambre hacia Colombia o Panamá; o congoleños esperando la escasa ayuda humanitaria; otro tanto un grupo de sudaneses; o unas niñas etíopes hojeando unos libros entre los escombros en los que se convirtió su escuela destruida por una banda rival; o…
A uno se le revuelven las tripas cuando, abusando de hipérboles pretendidamente literarias, alguien se queja de que la escuela de pueblo es tercermundista porque tiene una gotera o no funciona el agua caliente; o que las carreteras de tal provincia son tercermundistas porque lucen algunos baches; o que se viaja en tren en condiciones tercermundistas porque hay que ir de pie entre La Corredoria y Oviedo a las ocho de la mañana durante tres minutos y medio.
Lo mismo cuando se habla de violaciones en sentido figurado; o de violencia verbal. El tercer mundo es el tercer mundo, una violación es una violación, la violencia es la violencia. Un poco de contención en algunas las palabras. No comparar, ni de broma, lo que no es comparable.
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LECTURA DE LA PRENSA. CAIGA QUIEN CAIGA.
“Caiga quien caiga, llegaremos hasta el final”, dijo el presidente asturiano Barbón hace un año en un encuentro con todos los alcaldes o alcaldesas de Asturias. Barbón es un político hábil (¿qué político no lo es?) y si expresamente alguien le preguntara por aquella frase, encontraría alguna salida aceptable, salvo que se tope con un periodista incisivo de los que no sueltan la presa. ¿Ú-lu? No nos caerá esa breva a los asturianos.
El ciudadano no contaminado de partidismo político habrá entendido que el ‘caiga quien caiga’ era una frase meridianamente clara. Es el divorcio entre el público y el, sin embargo, imprescindible político. ¡Son tan vacías las frases de cualquier gobernante cuando habla de responsabilidad política (propia)!
Uno no es un devoto de las comisiones de investigación porque en algún momento los investigados optan por callar alegando que hay expedientes judiciales en curso y tienen preferencia, lo que es cierto. Sin embargo, la comisión presidida por la diputada Tomé logró entrar bastante en materia. En las conclusiones señaló, además de a cargos políticos, a funcionarios de alto rango, lo que acarreó división de opiniones. A uno, que no conoce a nadie, le parece bien. Sus jefes naturales que hagan lo que estimen oportuno. Hay quien habla de un precedente en el que el Tribunal Constitucional desautorizó el señalamiento de funcionarios por entender que la Comisión de Investigación apuntó delitos en determinados funcionarios y eso solo cabe llevarlo a cabo en sede judicial. Uno cree que la Comisión de Investigación del accidente de la Mina Cerredo no se refiere a responsabilidades judiciales. Por otra parte, si las tales comisiones tienen tan cercenadas sus posibilidades de investigación, que se supriman porque los políticos tienen escenarios abondo donde tirarse los trastes a la cabeza.
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LECTURA DE LA PRENSA. EL RECORD DEL MUNDO DE MARATÓN.
En el reportaje de El País sobre el estratosférico récord del mundo de maratón logrado por Sebastian Sawe, atleta keniano, se hace hincapié en la importancia de la tecnología y la nutrición, que se resume en las zapatillas y los geles. Por lo visto cada zapatilla pesa menos de cien gramos y eso implica una ventaja competitiva decisiva. Lo será, pero por mucho que uno, de raza caucásica, calce unas zapatillas de cincuenta gramos, jamás podrá acercarse a correr ni cincuenta metros a la velocidad de veinte kilómetros por hora. Ahí vamos, a la raza. Todos los últimos plusmarquistas de la distancia eran de Kenia o Etiopía y de raza no blanca.
¿Cabe pensar que haya unas razas más aptas que otras para las pruebas largas de resistencia, o las de velocidad, o que tengan mejores o peores habilidades para según qué cosas, o que gocen de mayor o peor agudeza visual o auditiva u olfativa, o que sean más aptas para la creación literaria? ¿Cabe pensar en razas más proclives a la solidaridad o a la insolidaridad, a la bondad o a la malicia? Sin entrar a debatir qué son la bondad o la malicia ¿Y cabe pensar que haya razas con mayor coeficiente intelectual que otras SIN QUE DE AHÍ QUEPA DERIVAR NINGÚN TIPO DE DISCRIMINACIÓN? ¿Cabe pensarlo o nos autocensuramos?
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