No uno ni dos, varios amigos del WhatsApp te hacen llegar la foto de una mujer de vestimenta árabe que camina sin mirar hacia su derecha, donde una persona que acaba de sufrir un atentado permanece tirada en el suelo.
La mayor parte de los mensajes no se limitan a enviar la foto en sí, sino que la acompañan de algún comentario alusivo a la actitud de la mujer árabe relacionándola con su etnia y religión.
En un primer momento tiendes a pensar en la crueldad de los musulmanes, en lo desigual de nuestra lucha.
Sin embargo, si consultas algún medio, te das cuenta de que esa foto forma parte de una intoxicación informativa. Para compensar, o simplemente para pensar, se aportan diferentes fotos en las que aparecen otras personas de raza no árabe, dando a entender que la indiferencia, y acaso el apoyo a los atentados, no son exclusiva de los árabes o de los musulmanes, porque esta guerra de dolorosa actualidad no sabes si es racial o religiosa.
Vaya por delante que los musulmanes no se hacen acreedores de ninguna simpatía. Dicho lo cual, lo riguroso sería apostarse frente al lugar del atentado y contar (alguien dijo que la calidad, y quizá la vida, era contar y volver a contar), contar, insistes cuántas personas y de qué razas y de qué religiones pasaron frente al herido, y de las anteriores cuántas mostraron alguna señal de pavor o siquiera de conmiseración, y todo ello ponerlo en relación con el número total de religiosos o raciales o raciados. Así te podrías hacer una idea del porcentaje de indiferentes o de desalmados, pero como no puedes contar ni tienes quien te lo cuente, no tienes más remedio que fiarte de lo que los medios te vayan diciendo, y a ti te queda únicamente la oportunidad de tamizarlo.
No hay otra. Poca cosa para quien se pretende nada adicto a preconcepciones.
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