Para que no te digan que nunca aparece por aquí Lugo de Llanera, declaras que hoy fuiste a comer a casa de tu suegra, donde procuras observar y guardar un prudente silencio. Entre bocado y bocado te entretienes mirando para la ventana de enfrente, donde una jovencita bien estilizada no para de mirarse presumiblemente al espejo muy cerca de la ventana, con lo que facilita las observación exterior, que no es obligatoria, pero distrae al ojeador.
Luce una larga melena rubia y lacia. No le vendría mal igualar las puntas (en el caso de que se estile, que tampoco estás seguro). Lleva puesto un vestido largo, quizá de un beige seco, sencillo, de pocos pliegues. Se atusa el pelo. Mientras tanto das cuenta del primer plato. Se coloca una pulsera posiblemente de cuero, primero en la muñeca, se mira, se acerca al espejo, retrocede, sube la pulsera hasta el antebrazo, se adorna con otra. Ladea la cabeza, agita el pelo. Para el segundo plato cuelga un bolso oscuro del hombro izquierdo. Se acerca al espejo, se aleja, aposenta la correa, descuelga el bolso, lo lleva de la mano, lo suelta, prueba con otro. Llegas al postre. Se agacha. Acaso calza unos zapatos, pasea, se agacha otra vez. ¿Prueba otros? Se echa una pañoleta al cuello, se gira con estilo. ¿Una boda próxima, unas fiestas, una salida, o probar sin más?
Por la tarde encuentras en El mundo de Juan José Millás este párrafo: Parecía que sólo estaban allí las cenizas de mamá, cuya urna, por cierto, era también más grande y retórica que la de mi padre.
El valor de las pericias de parte al supremo salón
Hace 17 horas