Estabas, cosa rara, tomando un sidra en un bar cerca de tu casa mientras veías un partido o quizá mirabas el deambular de las gentes por el interior. Te fijaste en cuatro niñas que se entretenían con sus respectivas maquinitas. No sabes por dónde andaban sus padres, tutores o cuidadores, pero la chiquillería tenía ojos y manos únicamente para sus pantallas. Hiciste una foto con la intención de ilustrar un sueltillo convencional sobre los juegos de antes y los de ahora u otros manidos tópicos. Esa habrá sido la intención inicial pero se te iría la idea o el tiempo y no hiciste un uso inmediato de la foto.
Hasta ahora en que ves una colaboración en el Canal 24 horas de una portavoz de Cultura del Partido Popular proclamando que no está tan mal la cultura como se cree, que somos demasiado hipercríticos y pone como ejemplo el extraordinario dinamismo de las empresas dedicadas al desarrollo de los videojuegos.
Ciertamente el teatro habrá nacido como un entretenimiento, lo mismo se puede decir de las novelas por entregas o el cine, pero ahora nadie cuestiona que se encuadra entre las manifestaciones culturales. A los videojuegos también les llegó su consagración cultural, de manera que las guajas de la sidrería, lejos de mostrar ociosidad,
estaban poniendo en valor la pujante industria cultural del videojuego.
El valor de las pericias de parte al supremo salón
Hace 16 horas