- ¿Nunca
más vamos a ver la luz?
Aquellas cinco o seis ovejas,
tres o cuatro vacas, media docena de patos, que todos los años sufrían algún
descalabro habían perdido la ilusión de volver a la claridad.
Habían sido motores y
testigos de días y noches de ilusión cuando los niños, que después fueron
jóvenes, armaban el nacimiento en décadas lejanas. Entonces el frío arreciaba y
las casas de la Renfe no tenían más calefacción que la venerable cocina que con
leña o carbón intentaba dar calor a toda la casa sin conseguirlo las más de las
veces.
Cuando causaba baja algún
animal, algún puente, alguna estrella, se aprovechaba para una mejora el
invierno siguiente en sana competencia con otros belenes de otros hogares. Los
accidentes no llegaron nunca a los actores principales: el Niño, la Virgen, San
José, la mula, el buey y el sencillo portal. Llegados los Reyes, se guardaban
con mimo y quedaban el resto del año reposando en un estante.
La luz eléctrica acabó por
llegar también al portal y las bombillas de colores iluminaron desde el pesebre
hasta el palacio de Herodes. Se camuflaban entre el musgo los delicados cables
verdes, que sufrían tradicionalmente los mayores daños.
El belén vivió muchos años perdiendo
y ganando piezas en una época sin conciencia de que coger unos tapinos de musgo
de un muro húmedo constituyera un daño irreparable para la madre naturaleza.
El nacimiento sufrió las
mismas mudanzas de sus dueños pero siempre encontró feliz acomodo. Hasta que
los jóvenes se emanciparon. Pasó entonces un periodo de larga hibernación. Cuando
en las casas solamente quedan los adultos la ilusión se aletarga y la rutina
acaba por igualar noches y días, navidades y veranos.
Para aquel montón de
coloristas figuras no había llegado todavía el siglo XXI. Seguían adormecidas
en la gran caja de cartón cada vez más destartalada. La costumbre de los
nacimientos había ido decayendo en las casas y no digamos en los centros de
trabajo o de ocio, pagados de un moderno equilibrio multicultural. Se decía que
no tardarían es prohibirse en aras de la convivencia.
Llegó la noticia al sombrío desván donde el nacimiento
pasó varios lustros y quiso escapar por si era la
última salida aunque no fuera a lucir en escaparates tan destacados como antaño.
Pese al sumo cuidado en el manejo,
notaron los vaivenes de bajar y subir escaleras, y por el ruido y el bamboleo se percataron de
que viajaban en un maletero. Estaban inquietas porque no siempre termina bien
una excursión así. Además era un viaje nocturno y no tenían ni idea de la
estación de destino.

Las tan largo tiempo arrinconadas figuritas del belén
volvían a ser testigos y protagonistas